Cuando el sol pinta las cimas de las montañas con un dorado suave, una forma regordeta se apresura por el suelo del bosque. Aquí, en el abrazo esmeralda de las montañas de Costa Rica, te puedes encontrar con la Paloma Codorniz de Chiriquí (Zentrygon chiriquensis), un residente que adorna nuestro refugio con su rico plumaje y su comportamiento tímido.
Con tan solo 23 centímetros de altura, la Paloma Codorniz de Chiriquí es una joya que habita en el suelo. A diferencia de sus vecinas aviares más llamativas, esta paloma presume de una elegancia más sobria. Todo su cuerpo está bañado en un tono rufo cálido, que recuerda al cobre bruñido. Este esplendor rojizo la distingue de otras palomas codornices, aunque su parecido con la Paloma Codorniz Rojiza le otorga su nombre alternativo, la Paloma Codorniz Pechirroja.
Pero observa más de cerca, y surgirán detalles sutiles. La Paloma Codorniz de Chiriquí luce una corona distinguida de gris frío, agregando un toque de sofisticación a su atuendo por lo demás ardiente. Una llamativa línea negra en forma de “bigote” define aún más su rostro, dándole un toque de personalidad.
Si bien la Paloma Codorniz de Chiriquí no es partidaria de exhibiciones extravagantes, su belleza radica en su encanto sutil. Las delicadas patas de color rosa aportan otro toque de color, completando el cuadro de elegancia discreta.
Estas aves tímidas se sienten más cómodas en el suelo del bosque, buscando meticulosamente semillas y frutos caídos. Su cuerpo regordete y sus alas cortas las convierten en hábiles corredoras, desapareciendo en el sotobosque con sorprendentes ráfagas de velocidad si se las asusta.
Sin embargo, con un poco de paciencia y un acercamiento silencioso, quizás tengas la suerte de observarlas. Los primeros momentos de la mañana y el atardecer son horas privilegiadas para verlas. Mientras caminas por los senderos del bosque en nuestro refugio, mantén los ojos bien abiertos para detectar un destello de color rufo entre las hojas caídas.
Si tienes la fortuna de ver una, tómate un momento para apreciar su belleza discreta. La Paloma Codorniz de Chiriquí, una residente que adorna las montañas de Costa Rica, es un testimonio de la elegancia que se puede encontrar en la sutileza.
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